Ahí estaban, sumergidas en la
marea del color más irritante. Aguantando el vaivén del convoy. Soportando las
consignas y los cánticos de unas criaturas sin mucha gracia.
Se disputaba la Copa MX a media semana y a la hora 21 del día, situación que mermaba la concurrencia, pero no podía evitar que el tren ligero de la capital mexicana avanzara con suma lentitud y una centena de jóvenes vehementes por la causa emplumada.
Al fondo del vagón, hombro a hombro con los tipos que prodigaban amor a sus Águilas del América, un par de señoras causaban estupor entre quienes se repartían una caguama y compartían los últimos vapores de un cigarro.
Las abuelitas no eran un usuario común. Lo demostraron desde que abordaron un tren directo de Taxqueña al Estadio Azteca. Tampoco crearon suspicacia: sus camisetas rojiblancas dejaron claras sus intenciones.
Aficionadas del rival en turno, los Rayos del Necaxa, ambas señoras vivieron el trayecto sin mayores complicaciones al final del vagón. De pie. Sin muchas expresiones. Aletargadas. Sin miedo. Pero también sin ganas de adentrarse en la selva de los diálogos altisonantes y el papel picado.
–Tienen más aguante que el Gordo–, sentenció un tipo que también podría ser apodado “Gordo”. La escena parecía escrita por André Breton o hecha por la tinta de Dalí. La confusión horadaba las cabezas del gentío. Y es que en el código de comportamiento del Ritual del Kaoz no estaba especificado cómo actuar en caso de que la afición rival tuviera condiciones seniles: la barra brava de América optó por evitarse los bastonazos.
Luego de unos minutos de tensión, la caravana llegó a la estación prometida. Ellas bajaron tomadas de la mano ante la mirada desconcertada del séquito amarillo. La caballerosidad de los fanáticos fue abrumadora: cedieron el paso a las mujeres de canas y pasos lentos, al tiempo que injuriaban a un trío de aficionados que usaban la misma playera que las damas.
Estaban a una complicada treintena de escalones de situarse en la rampa que llega al gigante. El proceso no fue sencillo, la escalera pesa más conforme avanzan las décadas. Quienes saltaban y gritaban encomiaron su hazaña, no el de subir la interminable escalinata, sino el de portar la playera del enemigo con desdén absoluto frente a la radical muchedumbre.
El inmaculado escenario de las ilusiones mexicanas esperaba. Fuerte como siempre. Fantástico como las mejores noches de futbol. El guardián del sur de la ciudad estaba a la misma distancia de otras ocasiones, pero al paso de las señoras parecía más lejos que nunca.
Caminaron la rampa al ritmo de tamborazos ajenos y vistazos atónitos. La marcha era pausada. Los zapatos de felpa que portaban no parecían garantizarles llegar a las taquillas.
Mientras aguardaban en la fila para comprar boletos, el cielo se iluminó y luego retumbó como señal de que la noche sería visitante. Tras un parsimonioso movimiento para sacar dinero de un viejo monedero y adquirir un par de entradas, el periplo estaba más cerca de tomar forma.
Ya con los cartones que garantizaban la presencia en la batalla, el ingreso parecía situación menor. Las personas más inocuas de esa noche en el Azteca fueron revisadas con especial atención, como si las arrugas en las manos fueran una modalidad de la sorpresa.
El partido inició cuando ambas caminaban por el interminable pasillo de acceso a la parte baja del inmueble de Santa Úrsula. La selección del lugar donde verían el desafío fue congruente: las primeras dos butacas tras subir los cuatro escalones que separan al pasillo de la tribuna.
En la grada eran dos personas más. La atención ahora estaba en los 22 guerreros suplentes que combatían en el perfecto rectángulo de césped donde han ocurrido un sinfín de proezas.
A los pocos minutos el vendedor de donas hizo, seguramente, su primera transacción en varias temporadas. Las abuelitas pagaron una cuantiosa suma por dos panes con buen aspecto y un sabor incierto. Habrían querido pedir un chocolate caliente para amortiguar el embate del viento glacial de febrero, y si bien lo más cercano al preciado líquido era de aspecto espumoso, ése contenía cebada y no reunía los méritos para ser elegido.
Un efectivo testarazo hizo brincar de su butaca casi a todos los aficionados visitantes. Ezequiel Orozco hizo que el pueblo rojiblanco explotara primero. Pero dos enamoradas del conjunto de Aguascalientes permanecieron en su lugar y apenas esbozaron una tímida sonrisa.
La primera mitad se fue con ventaja para Necaxa. Sin ser una batalla épica, el duelo regalaba algunas emociones.
Durante la parte complementaria, las sonrisas pintadas de rojo y blanco cambiaron por semblantes de preocupación. El empate americanista afectó casi a todos los admiradores eléctricos, menos a dos señoras que miraban el juego despreocupadas. Su lamento no fue más que dos palabras de una a la otra.
El duelo se inclinó, América organizó dos jugadas de otro partido y puso el marcador 3-1. Los de Coapa avanzaban a la siguiente ronda y los Rayos veían destrozadas sus intenciones de colarse a la segunda fase de la poco apreciada Copa MX.
Los de la ciudad con los mejores atardeceres llegaron al colofón del encuentro con arremetidas insulsas. El árbitro pitó el final del juego y la noche había terminado para todos. Era el momento de regresar. La cancha que Pelé hizo histórica y Maradona convirtió en sucursal del cielo se empezó a vaciar.
Con un paso similar al que entraron, ambas mujeres abandonaron las gradas y emprendieron el retorno. Para ellas, el camino de vuelta se percibía aún más largo.
Tomadas de la mano, apoyándose paso a paso, las mujeres caminaban sin retorno. Al pasar al lado de unos seguidores rojiblancos que mostraban con orgullo los vasos apilados de cervezas que se habían tomado, uno afirmó: Somos Rayos, en las buenas en las malas, ¿o qué no, doña? –Dirigiéndose a una de las damas–.
–Imagínese si no, joven. Mi marido jugó en los once hermanos–, soltó plácidamente la mujer, con voz pausada y mostrando sólo algunos dientes.
Tras hablar, las ancianas no se detuvieron, voltearon la cara y, altivas, continuaron su paso por la explanada del estadio. Ésa que concluye en la rampa que indica el camino de regreso a casa. No se detuvieron un segundo, siguieron hasta perderse en el río de gente.
Mientras las ancianas compraban sus entradas, el cielo retumbó, se iluminó, vaticinó felicidad colorada y blanca, pero mintió: la noche no fue visitante. Necaxa quedó eliminado del certamen. No hubo milagro en la cancha del Azteca, el milagro fue en las tribunas. En el Coloso la magia está asegurada.