jueves, 10 de julio de 2014

La magia del Coloso

Ahí estaban, sumergidas en la marea del color más irritante. Aguantando el vaivén del convoy. Soportando las consignas y los cánticos de unas criaturas sin mucha gracia.

Se disputaba la Copa MX a media semana y a la hora 21 del día, situación que mermaba la concurrencia, pero no podía evitar que el tren ligero de la capital mexicana avanzara con suma lentitud y una centena de jóvenes vehementes por la causa emplumada.

Al fondo del vagón, hombro a hombro con los tipos que prodigaban amor a sus Águilas del América, un par de señoras causaban estupor entre quienes se repartían una caguama y compartían los últimos vapores de un cigarro.

Las abuelitas no eran un usuario común. Lo demostraron desde que abordaron un tren directo de Taxqueña al Estadio Azteca. Tampoco crearon suspicacia: sus camisetas rojiblancas dejaron claras sus intenciones.

Aficionadas del rival en turno, los Rayos del Necaxa, ambas señoras vivieron el trayecto sin mayores complicaciones al final del vagón. De pie. Sin muchas expresiones. Aletargadas. Sin miedo. Pero también sin ganas de adentrarse en la selva de los diálogos altisonantes y el papel picado.

–Tienen más aguante que el Gordo–, sentenció un tipo que también podría ser apodado “Gordo”. La escena parecía escrita por André Breton o hecha por la tinta de Dalí. La confusión horadaba las cabezas del gentío. Y es que en el código de comportamiento del Ritual del Kaoz no estaba especificado cómo actuar en caso de que la afición rival tuviera condiciones seniles: la barra brava de América optó por evitarse los bastonazos.

Luego de unos minutos de tensión, la caravana llegó a la estación prometida. Ellas bajaron tomadas de la mano ante la mirada desconcertada del séquito amarillo. La caballerosidad de los fanáticos fue abrumadora: cedieron el paso a las mujeres de canas y pasos lentos, al tiempo que injuriaban a un trío de aficionados que usaban la misma playera que las damas.

Estaban a una complicada treintena de escalones de situarse en la rampa que llega al gigante. El proceso no fue sencillo, la escalera pesa más conforme avanzan las décadas. Quienes saltaban y gritaban encomiaron su hazaña, no el de subir la interminable escalinata, sino el de portar la playera del enemigo con desdén absoluto frente a la radical muchedumbre.

El inmaculado escenario de las ilusiones mexicanas esperaba. Fuerte como siempre. Fantástico como las mejores noches de futbol. El guardián del sur de la ciudad estaba a la misma distancia de otras ocasiones, pero al paso de las señoras parecía más lejos que nunca.

Caminaron la rampa al ritmo de tamborazos ajenos y vistazos atónitos. La marcha era pausada. Los zapatos de felpa que portaban no parecían garantizarles llegar a las taquillas.

Mientras aguardaban en la fila para comprar boletos, el cielo se iluminó y luego retumbó como señal de que la noche sería visitante. Tras un parsimonioso movimiento para sacar dinero de un viejo monedero y adquirir un par de entradas, el periplo estaba más cerca de tomar forma.

Ya con los cartones que garantizaban la presencia en la batalla, el ingreso parecía situación menor. Las personas más inocuas de esa noche en el Azteca fueron revisadas con especial atención, como si las arrugas en las manos fueran una modalidad de la sorpresa.

El partido inició cuando ambas caminaban por el interminable pasillo de acceso a la parte baja del inmueble de Santa Úrsula. La selección del lugar donde verían el desafío fue congruente: las primeras dos butacas tras subir los cuatro escalones que separan al pasillo de la tribuna.

En la grada eran dos personas más. La atención ahora estaba en los 22 guerreros suplentes que combatían en el perfecto rectángulo de césped donde han ocurrido un sinfín de proezas.

A los pocos minutos el vendedor de donas hizo, seguramente, su primera transacción en varias temporadas. Las abuelitas pagaron una cuantiosa suma por dos panes con buen aspecto y un sabor incierto. Habrían querido pedir un chocolate caliente para amortiguar el embate del viento glacial de febrero, y si bien lo más cercano al preciado líquido era de aspecto espumoso, ése contenía cebada y no reunía los méritos para ser elegido.

Un efectivo testarazo hizo brincar de su butaca casi a todos los aficionados visitantes. Ezequiel Orozco hizo que el pueblo rojiblanco explotara primero. Pero dos enamoradas del conjunto de Aguascalientes permanecieron en su lugar y apenas esbozaron una tímida sonrisa.

La primera mitad se fue con ventaja para Necaxa. Sin ser una batalla épica, el duelo regalaba algunas emociones.

Durante la parte complementaria, las sonrisas pintadas de rojo y blanco cambiaron por semblantes de preocupación. El empate americanista afectó casi a todos los admiradores eléctricos, menos a dos señoras que miraban el juego despreocupadas. Su lamento no fue más que dos palabras de una a la otra.

El duelo se inclinó, América organizó dos jugadas de otro partido y puso el marcador 3-1. Los de Coapa avanzaban a la siguiente ronda y los Rayos veían destrozadas sus intenciones de colarse a la segunda fase de la poco apreciada Copa MX.

Los de la ciudad con los mejores atardeceres llegaron al colofón del encuentro con arremetidas insulsas. El árbitro pitó el final del juego y la noche había terminado para todos. Era el momento de regresar. La cancha que Pelé hizo histórica y Maradona convirtió en sucursal del cielo se empezó a vaciar.

Con un paso similar al que entraron, ambas mujeres abandonaron las gradas y emprendieron el retorno. Para ellas, el camino de vuelta se percibía aún más largo.

Tomadas de la mano, apoyándose paso a paso, las mujeres caminaban sin retorno. Al pasar al lado de unos seguidores rojiblancos que mostraban con orgullo los vasos apilados de cervezas que se habían tomado, uno afirmó: Somos Rayos, en las buenas en las malas, ¿o qué no, doña? –Dirigiéndose a una de las damas–.

–Imagínese si no, joven. Mi marido jugó en los once hermanos–, soltó plácidamente la mujer, con voz pausada y mostrando sólo  algunos dientes.

Tras hablar, las ancianas no se detuvieron, voltearon la cara y, altivas, continuaron su paso por la explanada del estadio. Ésa que concluye en la rampa que indica el camino de regreso a casa. No se detuvieron un segundo, siguieron hasta perderse en el río de gente.

Mientras las ancianas compraban sus entradas, el cielo retumbó, se iluminó, vaticinó felicidad colorada y blanca, pero mintió: la noche no fue visitante. Necaxa quedó eliminado del certamen. No hubo milagro en la cancha del Azteca, el milagro fue en las tribunas. En el Coloso la magia está asegurada.

viernes, 2 de mayo de 2014

La puerta siempre fue automática

La puerta siempre fue automática. Incluso los sensores son perceptibles. Lo que más recuerdo de aquel día es la soledad. Para hacer más dramático el momento, una incesante lluvia parecía caer en cámara lenta. Así como ocurre en los días más esplendorosos de la tragedia.

Aquella noche la batalla era contra el Flash CS5 y su irresponsabilidad de no ser compatible con otras versiones. Sabía que la noche sería larga, pero la tarde lo había sido más. Tenía varias horas en la máquina 12 del salón de cómputo. El estar tan cerca de la 13 parecía un atisbo de lo peor: el precipicio estaba justo al lado.

Para completar mi desdicha, el apagado masivo de computadoras representaba el final de mi estancia en esa sala. Permitir que me corrieran sería un golpe duro, por eso decidí irme antes de demostrar que no tenía el control de las circunstancias.

La ridícula parsimonia con la que salí, contrastaba con el frenesí de quienes buscaban ocultarse de una lluvia que espantaba más de lo que mojaba.

Abajo, tuve la absurda delicadeza de recorrer la Universidad. Empecé por la zona que un día fue el paraíso de los fumadores y en tiempos más recientes era homenaje al aislamiento.

Mientras caminaba por el segundo piso del silencioso e interminable pasillo del edificio “B”, una figura espectral me sobresaltó. De inmediato recordé las viejas historias de fantasmas que había escuchado: “Es porque está junto a las vías”, decían algunos con la firmeza de quien relaciona trenes con muertos. Cuando llegué al final del pasillo supe qué era: una persona de limpieza que hacía el último turno del día con evidente desprecio a su trabajo.

No pude evitar asomarme al grandioso SUM, ese espacio de suelo liso que en tiempos difíciles servía lo mismo para bailar que para recibir las oficinas temporales de los casi nunca simpáticos empleados de Servicios Escolares.  Aunque, contrario a lo que se pudiera pensar, el SUM siempre fue más eficiente como atajo para llegar más rápido al estacionamiento.

Llegando al patio central recordé un salón donde tomé clase. Estaba en el último piso del “A”, esa construcción donde los temblores tienen más grados Richter. Entonces recordé que había pasado por el edificio “B” sin prestar especial atención al primer salón donde tomé clase. El mismo donde, el día que entré, decidí sentarme al lado del tipo más mal encarado del salón. Era “Gabo”, un sujeto que en aquellos tiempos le apostaba más al gimnasio que al buen desempeño en el aula. Un buen tipo.

Estaba en las jardineras centrales, todo me pasaba por la mente en segundos. Tampoco podía olvidar que en aquel salón, una mujer con cabellos dorados, ojos de un color indescifrable y acento que reafirmaba su belleza, me hablaría por primera vez y tiempo después se convertiría en…, digamos, fundamental.

Era el momento de salir. El tiempo, aquella noche, era justamente lo que no me sobraba. Atrás habían quedado muchas cosas, infinidad de anécdotas. Cada paso, lento y preciso, parecía dejar un sinfín de momentos que siempre, para bien o para mal, estarán en mi memoria.

Dejaba a Laura, mi querida Lau, amiga siempre. Miembro del club de personas entrañables. Mi guerrera de mil batallas, la chica a la que conocí antes de verla por primera vez y luego me la presentó Any, una reciente –y vieja– amiga del último año de prepa. Otro gran personaje de la historia. Su vida es arte.

Se iban los viejos conocidos de la prepa, Pablo y su intensa cabellera comprobable a kilómetros. Ese amigo mío, amigo de todos. Quizá el más viejo de mi aventura en la marca Unitec, ése que un día, de hace unos seis años, me aseguró que sería presidente de México y yo, por su gran corazón e influencia, obtendría un puesto como mandamás en un organismo deportivo.

Atrás quedaría Rafa, el tipo de canas del que varios me dijeron “Tu amigo, el señor”. El sujeto que, en shorts, podía exponer con vasta coherencia portando sólo un plumón, mientras algunos trajeados, con presentaciones de una noche de trabajo, dudaban si era “por que” o “porque” con vulgaridad extrema.

Y Abraham, izquierdista de derecha, activista de causas innecesarias. Gran persona; y Andrei, ese bailarín obstinado con quien siempre compartí la soberbia; y Mario, esa buena persona que pasaba por mí todos los días; y Manu, el sujeto inquieto obligado a entregarme El país de uno; y Joss, el único priista amigo mío; y Almita, con todo y su estrés interminable; y Kari, la mujer con la pierna rota que se quita el yeso para bailar; y Tierrablanca, el único fan de La Academia que respeto; y Lalo, el tipo que un día de examen me preguntó la fecha del examen; y doña Irmita, la gran amiga que me hacía cartas para mi novia; y Dany, esa valiosa persona con la que se puede hablar por horas de libros; y Álex, excelente persona, un peludo sujeto capaz de imitar a un grillo y que antes de saludarme me contaba la última tontería promovida desde Los Pinos; cada gota de cerveza que bebí con Silvia, a la que llamo Pilla. Esa querida colombiana que hace tiempo habla como mexicana y corrompe a cualquiera.

Porque pese a los enojos, a las tristezas, a los gritos, a las lágrimas, a los amigos perdidos, la etapa universitaria así fue, así debe ser contada, así será recordada. Con la sabiduría de Rubí, la profesora que brilla; con la fantasía de Juan, el profesor que un día vi en la tele; con los zapatos y las milongas de Juan Pablo, con los interminables libros de Salvatore, con el profundo aprecio a Mauricio, un líder fundamental que ama lo que hace… y que todavía me debe un diploma por un concurso de ensayo que gané hace dos años –era tal la apatía, que seguro triunfé porque fui el único participante–.

Esa etapa será recordada porque Ana Lilia decidió dar clase como nadie más. Esta etapa vivirá cuando alguien imite la voz del gran Rafa, el profesor, amigo y hasta primo que usa una espantosa barba. Mucho tiempo recordaré la intensidad de “Champs”, el americanista que sí cae bien. Y ni hablar de la diplomacia y pericia de Marco, el mejor profesor que nunca me dio clase. O incluso la maestra Morazán, quien presumía siempre a su Irapuato y decía ser familiar de Francisco Morazán, el militar hondureño.

Y tampoco hay forma de olvidar a Óscar Alcántara, ese buen profesor con el que tuve rencillas y que entre sus virtudes estaba el maravilloso Mini Cooper en el que llegaba; o Lueza, el profesor que me dijo que dijo que fui su mejor alumno haciendo cine, pero me puso siete por no entregar la papelería. Omití reclamar porque ese día comprendí que la mejor calificación salió de su boca.

¡Cómo olvidar esos pasillos! Caminos sin final donde nunca aprendí en qué piso estaba el baño de hombres, vías con salones numerados donde siempre me equivocaba de nivel para llegar al aula. ¡Esas escaleras! Donde el tiempo se volvía relativo: cuando hay que llegar a clase de las siete son más largas.  

Ahora todo es parte, el pastel que un día me regaló Diana. La rayuela con el buen Uriel. Esas preguntas tontas que me hicieron tolerante. Las imposibles propuestas de composición fotográfica de Aurora. Las cervezas del Pepe’s. Los “poseidones” adulterados del Julio’s. Un diez. Las quesadillas que debían llevar queso. Los exámenes sin estudiar. La inservible evaluación a profesores casi en MS-DOS. Las múltiples desveladas. Los que me llevaron al hospital y los que se burlaron de que  mi corazón fallara. Los papelitos de “Risitas”. El estudio en la biblioteca. Las exposiciones con sentido… y sin. Las retas en las canchas. Llegar a las 7 am e irme a las 10 pm. Los perros con bozal. La Chata. Las pizzas de tres quesos. Las llegadas corriendo. Las faltas. Los seres miserables. Un peso de hojas. Los trabajos milagrosos. Lo no escrito en estas líneas.

La vida universitaria avanzó al ritmo de reportajes y grabaciones, de amigos y ex amigos, de aliados convencidos y enemigos por convicción, de amor ganado y odio fomentado, de grandes debates y confrontaciones ridículas, de Pro Tools y Premiere, de más éxitos que fracasos, de coditos con jamón y sushi, de un despiadado tronco común que tuvo la bondad de dejar amigos, de niños en la mañana y señores en la tarde, de ganas de escribir mejor, hablar mejor, aprender más, leer más… y también de tomar más, de llegar más tarde, de compensar con calidad la irresponsabilidad. De saber que la nada suntuosa ex fábrica, enclavada en un barrio de medio pelo, formó a muchos que podemos competir de gran forma ante otros. De esos que hablan más de lo que hacen.

La puerta de entrada al piso de computadoras siempre fue automática. Los sensores son perceptibles. Pero yo lo supe hasta el último día, ese dramático último día donde no podía terminar. O quizá no quería terminar.

Siendo sincero, si la puerta está abierta se ve lo mismo que si está cerrada. El cristal permite ver todo. Pero no es igual, a través del cristal no se puede pasar. Es necesario tener el poder para abrirla.

Se veía igual que siempre, pero no lo era. Era noche de culminación. Y esa puerta la podría abrir cualquiera que tenga la llave correcta. La Universidad da una llave para abrir puertas, y esa noche la puerta de cristal se abrió como una forma de la victoria.